“ -No quiero ser como mi madre” me confesaba hace dos años  C. , una adolescente de origen marroquí que reniega de la imagen de mujer sumisa y abnegada. Por ello C. tiene tatuaje y piercings, viste sexy y ya ha tenido más de un novio. C. pasó de ser la niña “perfecta” y obediente a ser una adolescente desafiante, sin límites y con conductas de riesgo. Entró en terapia queriéndose muy poco, con una coraza que le alejaba de la gente, sentía que no quería a nadie y que nadie la quería a ella. Hoy a sesión ha traído a un amigo que no está pasando por  un buen momento. Le ha explicado cómo era ella cuando sentía sólo oscuridad y cómo ha sido su caminar hasta donde se encuentra en estos momentos, donde vuelve a encontrar ilusión y agarre a la vida. Ahí me he dado cuenta de que, aunque aún le queda camino que recorrer, límites por conocer  y se sigue encontrando con sus sombras, ya no es  esa niña enfadada con la vida.  Me alegro mucho.